Book Name: Imperio Valeriano

Capítulo 10 – Juego de Ajedrez (Parte 2)

Alejandro no estaba sorprendido. Se había sentado cerca de la esquina en lugar de quedarse en el centro, donde estaba el Señor humano. No le gustaba girar la cabeza como un búho para ver a todos los presentes.

—Sí, Señor Norman —habló el Director del Concejo.

—Darle la oportunidad a todos, dejando la posición abierta, da una ventaja a los vampiros sobre los humanos —dijo el Señor Norman, de pie desde su posición.

—¿Qué quiere decir? —preguntó uno de los miembros del Concejo.

—Ya tenemos tres Señores vampiros, y sólo un humano, lo que ha creado un desbalance en el gobierno de las regiones —explicó el Señor.

—Tiene razón —opinó Alejandro desde la esquina, atrayendo la atención de los presentes.

El Señor Nicolás, que no había estado prestando atención, adquirió una expresión de sorpresa. Era obvio que el humano lo odiaba profundamente. ¿Por qué apoyarlo? Y Norman no era el único confundido.

—Mantener el balance es importante cuando se trata del Imperio de las cuatro regiones. Como nuestro querido Norman ha dicho, tenemos tres Señores vampiros y sólo un Señor humano. Tal vez deberíamos remover al humano y agregar a otro Señor vampiro para balancear el asunto —sugirió Alejandro causando risas en la sala. Pero Norman estaba furioso.

—¿Cómo te atreves a amenazar mi título? Desadaptado —exclamó Norman.

Estaba dispuesto a atacar al Señor de Valeria, pero las palabras del Director del Concejo lo detuvieron.

—Señor Norman, siéntese. No aceptamos semejante comportamiento, incluso si es un Señor. Por favor, evite actuar de esta forma, o le pediremos que se retire —ordenó el Director.

—¡¿No escuchó lo que acaba de decir?! —preguntó Norman con una expresión de ira.

—El Señor Alejandro hizo una sugerencia. Las personas tienen derecho a expresar opiniones, pero no a amenazar —habló uno de los miembros del Concejo en apoyo al vampiro, causando que Norman regresara furioso a su asiento.

—Señor Norman, tomamos sus palabras en consideración. Para ser justos, los vampiros sólo tendrán la mitad de los candidatos, mientras usted mantendrá el mismo número —declaró el Director causando una sonrisa al Señor humano—. ¿Los otros Señores tienen alguna objeción? —le preguntó el Director a Alejandro y Nicolás.

—Sin objeciones —respondieron Alejandro y Nicolás.

—Está bien. Comencemos la votación —dijo el Director mientras entraba una enorme caja a la habitación, cuya finalidad era depositar los nombres de los candidatos.

Hombres y mujeres se acercaron a escribir los nombres de forma organizada antes de volver a sus asientos. Cuando el proceso terminó, el Concejo se reunió para separar los nombres y contar los votos correspondientes. Al terminar, anunciaron los votos de cada candidato y eligieron a los cinco más votados, de entre los cuales se seleccionaría el próximo Señor en los próximos días.

—Oye, Alejandro, ¿por quién votaste? —preguntó Elliot casualmente cuando salieron del edificio.

—Cecilia.

—¿La mujer que obtuvo dos votos? ¿Te refieres a la vieja? —preguntó Elliot sorprendido.

—Sí, la señora mayor —respondió Alejandro caminando hacia el carruaje.

—Le diste tu voto sabiendo que no ganaría. ¿Por qué hiciste eso? —preguntó Elliot pensativamente.

—Algunas veces, en un partido de ajedrez, debes sacrificar un movimiento —explicó el Señor vampiro con una expresión mientras subía al carruaje.

Mientras Alejandro estaba en el concejo, Cati se quedó sola en la mansión. Las sirvientas eran, en su mayoría, humanas, aunque algunos semi-vampiros servían a las clases altas.

Aunque la mansión tenía frecuentemente invitados valiosos para la construcción de relaciones políticas, también había muchos que se aprovechaban de la posición de sus padres. Gisela era la hija de un vampiro de clase alta, y pretendía convertirse en la Señora del Señor Alejandro. Estaba enamorada del hombre. Con ayuda de su padre, había estado viviendo en la mansión, ofreciendo placer sexual cuando el Señor lo solicitaba, lo cual estaba dispuesta a aceptar.

La pequeña niña humana que había llegado semanas atrás era un problema. Gisela notó el afecto que el Señor le expresó durante la reunión. Era una niña, pero un día sería, sin duda, una amenaza. Gisela sería la esposa de Alejandro, y no dudaría en deshacerse de cualquiera que se interpusiera.

Ahora que Alejandro no estaba, tuvo la oportunidad de hacer lo que tenía tanto tiempo esperando. Detestaba a Cati y quería que se fuera, ya fuera viva o muerta.

Cati estaba sentada en la paja bajo el cobertizo con un lobo en sus brazos. Los hombres que trabajaban ahí la observaban, preguntándose cómo lo había encontrado, a menos que hubiera ido al bosque detrás del castillo. No les importaba su presencia pues la niña era callada, permanecía en su esquina y no interfería con sus labores.

No iba a los jardines, pues ahí era donde la mayoría de los vampiros de élite salía a pasear.

El pequeño cachorro lamía sus manos y su rostro, haciéndole cosquillas. Su pelaje era color crema con marcas marrones. Jugando con él, no notó a dos vampiros que se acercaban al cobertizo.

—Debería ver los caballos que criamos en mi propiedad. Le aseguro que le encantarán, Señora Magdalena —dijo el hombre a la mujer que lo acompañaba.

—Sería maravilloso —respondió la mujer.

Al entrar, la mirada de la mujer se posó sobre la niña que jugaba con el cachorro. Era la misma mujer a la que Elliot había insultado durante la primera noche de Cati en el castillo, aquella que llamó vaca. Cati tenía las piernas estiradas frente a ella, y la Señora Magdalena se aseguró de tropezarla al caminar.

—Qué niña tan grosera —dijo el hombre acercándose a auxiliar a la Señora, pensando que la niña la había hecho caer a propósito.

—Está bien. Es una pobre humana sin educación —comentó la Señora Magdalena al mismo tiempo que el cachorro en manos de Cati gruñía, mostrando sus pequeños dientes—. ¿Es un lobo? —preguntó la dama oculta tras el hombre.

—Eso parece. La mordida de un lobo es mortal y esta niña lo trae aquí. ¡Debe ser espía! —acusó el hombre a la niña.

—Señor, el cachorro es inofensivo —intentó explicar uno de los trabajadores, recibiendo una mirada furiosa de la Señora Magdalena.

—¿Intenta defender a la niña que trae a una criatura tan peligrosa a la propiedad? —preguntó la dama.

El hombre, sacudiendo la cabeza, intentó explicar de nuevo: —Tenemos algunos cachorros que…

—¡Suficiente! —interrumpió el hombre elevando la mano —. Esto será reportado de inmediato.

Cati los observaba con el cachorro en sus brazos. No entendía por qué gritaban.

Cuando llegaron al salón, escucharon una conmoción. Al entrar, encontraron a dos vampiros de pie frente a sus sirvientes, y una de ellas era Gisela.

—¡Ahí está la ladrona! —exclamó Gisela observando a los recién llegados. La otra vampiresa dio algunos pasos hacia Cati y la golpeó, causando ardor en el rostro de la niña.

—¿Creíste que no descubriríamos quién robó mi collar? —preguntó con una expresión furiosa.

—¡Dios mío! Esta es la diferencia entre nosotros y los humanos pobres —dijo la Señora Magdalena asqueada.

Sylvia, que acababa de regresar de la aldea, observó la escena con confusión.

—¿Qué sucede? —preguntó antes de ver a Cati con una gran marca en la mejilla.

—La niña robó mi collar —se quejó la vampiresa.

Sylvia frunció el ceño.

—Mi dama, creo que se equivoca. Cati no haría algo así—explicó acercándose a la niña.

Los ojos de Cati se habían llenado de lágrimas y su mirada era borrosa.

—¿Cómo explica que la cadena estuviera oculta bajo la almohada en la habitación de la niña? —preguntó Gisela intentando explicar la situación.

—Además, tiene a un lobo en el cobertizo —agregó la Señora Magdalena.

En ese momento, las personas en el castillo habían venido a ver qué sucedía en el salón principal. Para Sylvia era claro que la Señora Magdalena y Gisela habían culpado a la niña aunque era inocente.

—La niña necesita ser castigada por su comportamiento —dijo ruidosamente el hombre que había acompañado a la Señora Magdalena.

—Pero —protestó Sylvia antes de ser interrumpida por Gisela.

—Acepta tu posición, sirvienta. Otra palabra y me encargaré de que te boten —le advirtió Gisela antes de dirigirse a la niña—. Ha cometido un error y debe pagarlo.

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