Book Name: Imperio Valeriano

Capítulo 6 – Mezclándose (Parte 2)

Cati decidió que Sylvia le caía bien; la observaba mientras tomó un vaso de agua y lo ubicó junto a ella. Sylvia y Elliot eran amables con ella y no fueron groseros, refiriéndose a ella como humana. Eran amables y la habían salvado de las criaturas cuando iban camino al palacio.

Dirigió una mirada tímida al extremo de la mesa, donde Alejandro hablaba con un hombre mayor. No había hablado tanto con ella como Sylvia y Elliot, pero la había salvado. Lo observó por varios segundos hasta que él la notó, lo que hizo que bajara la mirada.

Cati permaneció junto a Elliot mientras comía su cena, manteniendo la mirada baja pues temía ver el odio que emanaban algunas de las personas en la habitación. Quería a sus padres; pensar en ellos le hizo sentir tristeza, pues nunca volverían. Sujetó su bata con fuerza mientras contenía un sollozo antes de que saliera de sus labios rosados.

—¿Cati? —escuchó que alguien la llamaba.

Elevando la cabeza, notó que Elliot sostenía un plato de vegetales mezclado con algo verde.

—Toma, come esto. Es caliente y dulce, te podría gustar —dijo Elliot al entregar el plato a Cati.

Tomó la comida con un tenedor y la llevó a su boca. Se sentía como si algo se derritiera en su boca y era delicioso.

—Me parece que te gusta —dijo Elliot con una sonrisa, y la niña asintió—. Déjame darte otra cosa —dijo, buscando en la mesa.

Al mismo tiempo, una mujer de mediana edad murmuró a la persona junto a ella: —No puedo creer lo que veo. No sé qué esperar.

Elliot la escuchó e inclinó la cabeza: —Señora Magdalena, si me permite, se ve encantadora esta noche, pero parece que algo no anda bien —dijo con el ceño fruncido, dirigiéndose a la mujer.

—¿Y qué podría ser, Elliot? —preguntó la mujer intrigada.

Era obvio que era una mujer cabeza hueca que era fácilmente halagada.

—Creo que ha subido de peso desde la última vez que nos vimos que, si mal no recuerdo, fue ayer. ¿Podría pasarme el plato a su lado antes de que lo devore y se convierta en una vaca? —preguntó Elliot con una sonrisa, haciendo que el rostro de la mujer se llenara de furia.

—¿Cómo te atreves? —preguntó la mujer exasperada.

—¿Así que se niega a compartir la comida? —apuntó Elliot observando a la mujer ofendida—. Es muy egoísta de su parte, si me permite decirlo. Quiero decir, mire esa…

Su frase fue interrumpida por una patada de Sylvia.

—Ya fue suficiente de estas tonterías. Me voy —dijo Magdalena, saliendo del comedor seguida de su esposo.

—Sabes que un día de estos esa boca tuya te va a meter en problemas si no aprendes a controlarte —le susurró Sylvia a Elliot con una expresión frustrada.

—Puedo hacer cosas mejores, si tú quieres —le respondió Elliot con una expresión provocativa.

—¿Nunca te he contado de la vez que le cosí la boca a un hombre usando su propia piel? —dijo Sylvia con calma, girando su tenedor y observando la expresión espantada de Elliot.

—Calla, Sylvia —dijo Elliot cubriendo las orejas de Cati—. Serás una mala influencia en esta niña si sigues hablando así.

Sylvia hizo una mueca al ver la expresión de Elliot. Cati los observaba a ambos sin saber qué sucedía, pues había estado muy ocupada con la comida en su plato. Cuando sus ojos se cruzaron con los de Elliot, él guardó silencio y la rodeó en un abrazo.

—Oh, es adorable —dijo sujetando con fuerza a la niña, haciendo que permaneciera inmóvil—. No te preocupes, cariño. Te protegeré de esta mujer antes de que diga más cosas horribles —agregó con un tono dramático.

—Tú eres el único del que la niña necesita protección, idiota —dijo Sylvia con irritación.

En la noche, Cati se sentó en la cama que le asignaron y miró por la ventana los destellos de luz que salían de las nubes. Bostezando y con los ojos cerrados, se acostó y apagó la vela que iluminaba el espacio.

La noche no fue tranquila para la niña, que soñó con criaturas que devoraban a sus padres antes de atacarla a ella. Con el ceño fruncido y los labios separados, la niña se batía en la cama, sacudiéndose para intentar escapar de las criaturas de su pesadilla. La lluvia, que caía con fuerza, y los relámpagos agravaban sus sueños.

Un fuerte trueno la despertó de golpe, y con ojos llorosos observó la habitación, buscando las criaturas de sus sueños. Un nuevo trueno aceleró su corazón.

Temiendo dormir sola, saltó de la cama y caminó lentamente hasta la puerta. Cuando estaba a punto de abrirla, un gato negro le maulló. Esperaba encontrar a alguien que la llevara a Sylvia.

Cuando caminaba por el pasillo, encontró una puerta de aspecto extraño con espinas talladas en el contorno. ¿Había una persona aquí? Giró el pomo en silencio y entró en la habitación, notando que había alguien en la cama. Se alegró por la compañía y cerró la puerta tras ella, caminó hacia la cama y se subió con la almohada que había traído.

Hacía sólo veinte minutos que Alejandro se había acostado cuando escuchó los pasos en el pasillo, y en instantes notó que el pomo giraba, entrando en alerta. Estaba seguro de que había cerrado con llave antes de apagar las luces. Una pequeña figura entró a la habitación y cerró la puerta para dirigirse a su cama.

El olor delató que se trataba de la pequeña humana, pero ¿qué hacía bajo su cama? Se asomó bajo la cama y notó que la niña se había acurrucado para dormir, y su pequeño cuerpo temblaba debido al frío del suelo.

Con un suspiro, salió de la cama y levantó a la niña para acostarla en la cama. Se acostó de lado, observando a la niña. Era una niña ordinaria y no entendía por qué la había traído al castillo. Era conocido por sus elecciones únicas y exquisitas, ya fueran personas u objetos.

Un pequeño sollozo escapó de sus labios al tiempo que fruncía el ceño. Parecía tener una pesadilla y gritaba llamando a su madre. Por instinto, Alejandro la tomó en sus brazos y frotó su espalda suavemente.

—Está bien. Nadie te hará daño —susurró para calmarla—. Estás en un lugar seguro.

Cuando la niña se durmió, Alejandro cerró sus ojos, preguntándose en qué se había metido. Al abrir los ojos para observarla, notó que la niña se había acurrucado contra su pecho. Alejandro pensó, antes de volver a dormir, que Cati dormía como un pequeño animal.

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